Lo que hace atractiva a una historia no es lo que se cuenta, sino como se cuenta...

18 nov. 2013

Las hojas

Pesan las hojas al viento cuando con fuerza las empuja hacia sus destinos.
Es de día hoy, y no todo es igual que siempre.
Cuando la noche llegue no estoy seguro de si estaré aquí aún.
Y el viento que sigue resignado empujando las pesadas hojas.
Tal vez llueva, y entonces el viento podrá salir a bailar un rato entre las gotas. O tal vez se quede allí esperando a volver a empujar a las hojas.

Clack

Chasquean las uñas varias veces en su espalda, donde tiene las manos escondidas con ese gesto involuntario que de a ratos pierden y otra vez encuentra de nuevo. 
Chasquean mientras espera que el día se termine de pie fuera de casa, en frente de la entrada que no quiere cruzar que se niega a reconocer como su único final. Es que desde hace varios días la idea fija de que su fracaso es inevitable lo atormenta, le zumba al rededor como un insecto viscoso y enorme que no le permite aclarar nada en su cabeza. 
Piensa en el fracaso y en lo que implicaría reconocerlo, él nunca fue un partidario de reconocer esas cosas, sobre todo porque el fracaso como concepto abstracto a su entender no representa en nada a las situaciones adversas, él lo considera casi como una excusa mediocre. Sin embargo no puede evitar llenar de contenido esa palabra y colgarla sobre si, en parte porque esta descontento con algunas cosas, en parte porque no lo esta del todo con todas las demás. Entonces elige esa ridícula excusa y la vuelve su perseguidor en estos momento, en un intento de despertar y cambiar algo.
Las manos ya no están en su espalda y él ya no esta quieto, avanza hacia la entrada con el fracaso que se inventó procurando no hacer ruido al girar las llaves y con la esperanza de levantarse mañana y no tener que pensar demasiado en todo eso

Septice

Brillaba más intensamente que nunca la luz del mundo.
Con la cabeza mirando hacia el piso del bus y el rabillo de los ojos espiando a la parte del planeta que se movía a pesar de que el parmanecia inmóvil. 
Su cuerpo cosquilleando con las vibraciones del motor encendido, la menta en su boca quemaba de frío. 
Sentía los párpados completamente pesados pero no quería dormirse ni cerrarlos, por eso es que permanecía con los ojos abiertos. 
Podía jugar con los colores solamente con desearlo, arrastraba con velocidad líneas de rojo por el paisaje, apagaba los azules o encendía los amarillos, todo lo que se le antojara.
Así es un poco como se sentía, y se estaba muy bien.

No es por alardear, pero...



Miró el fragmento de reflejo que le devolvía un trozo de cristal roto de las ruinas que atravesaba dificultosamente y el ver su propio rostro tan cansado le convenció de que era un buen momento para detenerse.
Dio con un rincón de la montaña de escombros que permanecía intacto y decidió refugiarse ahí por algún tiempo, al menos hasta que el sol se escondiera. Eso le permitiría andar más tranquilo por la ciudad, con menos posibilidad de que alguien lo viese.
Si hacia un esfuerzo podía recordar nítidamente como se veía la ciudad antes de todo aquello, pero eso no lo reconfortaba en absoluto, de alguna manera el tener que escapar de un lado a otro. El jugar en un gigantesco escenario a las escondidas, a escapar para que no le arruinen el cerebro con una bala le parecía más emocionante que la vida que había llevado hasta hacía algunos meses atrás, era casi como una satisfacción masoquista la que sentía al escapar, escabullirse y correr de la terrible amenaza que a cada instante se cernía sobre su cabeza. 
El sol se ocultaba ya en el horizonte cuando decidió que ya era tiempo de retomar la marcha. Su cuerpo aliviado por el descanso se movía con más fluidez que antes y él sentía que era capaz de andar toda la noche antes de tener que refugiarse nuevamente cuando el sol saliese. Atravesó las ruinas de una manzana entera en completo silencio mientras las últimas luces del día se desvanecían cuando de repente un estruendo detrás de el borró la claridad del mundo y lo lanzó contra una montaña de ladrillos y mampostería.
La cabeza le daba vueltas y la oscuridad lo envolvía por completo. Creyó percibir en la penumbra a dos figuras volviéndose descomunalmente grandes frente a el, les oyó intercambiar palabras es aquel horrible idioma extranjero, luego silencio. Una risa brotó de una de aquellas sombras gigantes y el mundo por un segundo se volvió nítido, distinguió a los dos oficiales completamente vestidos de blanco frente a él, el que se reía mirando hacia el cielo, el segundo fijamente hacia delante. El sonido se extinguió y las sombras parecieron inundar la escena.
Los dos hombres de blanco a la vez pronunciaron las palabras que debían, y también a la vez los dos dispararon sus armas. Nada, silencio de muerte, muerte por la ciudad destruida y por el ciudadano ya sin vida. El silencio arrastró lejos a los dos oficiales, lejos de la ciudad vacía, lejos del cuerpo quieto.


LiL

Gris claro, todo al rededor teñido de gris.
De a ratos las cosas cobran una luminosidad peculiar, las cosas se ven mejor, mas nítidas.
Pero eso no importa demasiado, porque después de todo es algo que no podes modificar.
¿o si podes?
Aplastando el aire con tus dos manos, casi parodiando un aplauso pensás con toda la intensidad de tus fuerzas en el sol y en que salga.
Todo igual de gris que hace exactamente un minuto atrás, que hace una hora atrás, todo igual. 
Se nota que todavía seguís siendo alguien mas entre todos. 




3 nov. 2013

Diez y Ocho

Ignorando la parte material de la vida, la parte engañosa del cuento agita la mano en el aire sintiendo que es más liviana que nunca.
Se sienta en frente del espejo mientras su cara desdibujada hace muecas y el tiempo parece no pasar, detenido por capricho en ese aleatorio instante del día. Las agujas tensas y quietas en el reloj, la física y la matemática no importan ahora que el tiempo se escindió en ese rincón del mundo.
Sus ojos explotando en mil direcciones, queriendo captar todo el universo en un instante. Los movía en todas las direcciones posible arrastrado por el brillo del mundo nuevo y viejo. Sentado en donde estaba el mundo era completamente acogedor, la música que sonaba bajo, muy bajo, hacía bailar sus pesadas trompetas debajo de sus oído.
Sus manos sintiendo todo de a tramos, disfrutando el tacto de su propia piel y las texturas del mundo a su disposición. La percepción de cada poro, el contacto con el mundo exterior se le antojaba increíblemente placentero.
El mundo de fuera de su propia humanidad cobraba un sentido completamente diferente al resto del tiempo, todo era completamente más amigable y cercano. Sentía una absoluta empatía con su entorno, con los demás, con la vida misma.