Lo que hace atractiva a una historia no es lo que se cuenta, sino como se cuenta...

18 nov. 2013

No es por alardear, pero...



Miró el fragmento de reflejo que le devolvía un trozo de cristal roto de las ruinas que atravesaba dificultosamente y el ver su propio rostro tan cansado le convenció de que era un buen momento para detenerse.
Dio con un rincón de la montaña de escombros que permanecía intacto y decidió refugiarse ahí por algún tiempo, al menos hasta que el sol se escondiera. Eso le permitiría andar más tranquilo por la ciudad, con menos posibilidad de que alguien lo viese.
Si hacia un esfuerzo podía recordar nítidamente como se veía la ciudad antes de todo aquello, pero eso no lo reconfortaba en absoluto, de alguna manera el tener que escapar de un lado a otro. El jugar en un gigantesco escenario a las escondidas, a escapar para que no le arruinen el cerebro con una bala le parecía más emocionante que la vida que había llevado hasta hacía algunos meses atrás, era casi como una satisfacción masoquista la que sentía al escapar, escabullirse y correr de la terrible amenaza que a cada instante se cernía sobre su cabeza. 
El sol se ocultaba ya en el horizonte cuando decidió que ya era tiempo de retomar la marcha. Su cuerpo aliviado por el descanso se movía con más fluidez que antes y él sentía que era capaz de andar toda la noche antes de tener que refugiarse nuevamente cuando el sol saliese. Atravesó las ruinas de una manzana entera en completo silencio mientras las últimas luces del día se desvanecían cuando de repente un estruendo detrás de el borró la claridad del mundo y lo lanzó contra una montaña de ladrillos y mampostería.
La cabeza le daba vueltas y la oscuridad lo envolvía por completo. Creyó percibir en la penumbra a dos figuras volviéndose descomunalmente grandes frente a el, les oyó intercambiar palabras es aquel horrible idioma extranjero, luego silencio. Una risa brotó de una de aquellas sombras gigantes y el mundo por un segundo se volvió nítido, distinguió a los dos oficiales completamente vestidos de blanco frente a él, el que se reía mirando hacia el cielo, el segundo fijamente hacia delante. El sonido se extinguió y las sombras parecieron inundar la escena.
Los dos hombres de blanco a la vez pronunciaron las palabras que debían, y también a la vez los dos dispararon sus armas. Nada, silencio de muerte, muerte por la ciudad destruida y por el ciudadano ya sin vida. El silencio arrastró lejos a los dos oficiales, lejos de la ciudad vacía, lejos del cuerpo quieto.


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