Lo que hace atractiva a una historia no es lo que se cuenta, sino como se cuenta...

19 nov. 2015

Volátil

Entiendo a la gente que le molesta el humo, de verdad que si, lo que no puedo evitar es la sonrisa maliciosa que se me cuela por los labios. 
Entre el humo y el cigarro pasa inadvertida, además es complicado ver con claridad cuando se frunce el ceño, así que la mayoría de las veces nadie lo nota. 
Entiendo, si, pero me resulta divertido que existan seres que se nieguen a la experiencia por el simple hecho de que las mismas implican soportar levemente algún tipo de malestar. 
Como si concibieran que sólo es posible una experiencia plena de  satisfacción, acabada y sin partes sucias, pero eso no sucede. Cualquier experiencia que pone a jugar el goce requiere de la suciedad, el hedor, lo vulgar casi como requisito.
Como cuando de pronto se impone al olfato el  dulzón y casi ponzoñoso aroma del tabaco en la piel, imposible desconocer que hay algo ahí en ese olor tan singular que convoca. Una insolente llamada, porque después de todo lo que la piel y el tabaco traen cuando llegan, es la muerte, la enfermedad, el deterioro. Un recordatorio que es sensual.
Besar la boca que beso el humo probablemente no recuerde a los campos en primavera, ni a la blancura.
Besar la misma boca que besa el humo es besar la boca de quien sabe que esta muriendo, que nos recuerda que estamos muriendo. Por eso el beso es dulce, no como una golosina, dulce como la certeza, aún la más terrible.
Besos densos, espesos, calientes y húmedos como los cuerpos que se revuelcan juntos.
Besos que se desvanecen como el humo cuando se lo espanta, que se arremolinan en torno al que besa esa boca.
Entiendo a la gente que le molesta el humo, de verdad que si, sólo que no los soporto 

1 comentario:

Flo Speroni dijo...

que lindo es el humo entre sonrisas maliciosas..